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Gonzalo Díaz, artista con una amplia y polémica trayectoria, se ha transformado en un referente en el medio artístico nacional. Ha estado ligado prácticamente toda su vida a la Universidad de Chile. Primero como alumno de la Escuela de Bellas Artes y posteriormente como docente por más de cuarenta años. Actualmente, está iniciando su postulación a la Rectoría de la Universidad.

A continuación, hace una retrospectiva de sus inicios y de su incómoda relación con la gestión cultural.

I. Sobre su experiencia inicial

¿Al inicio de su carrera utilizó algún tipo de recurso que le ayudara a gestionar la proyección de su propia producción artística más allá de su taller?

En general, mi vida artística ha sido muy retrasada siempre. A finales de los 70´s la escena artística en Chile, y en Santiago, era muy jerarquizada, estrecha y provinciana. Nunca pensé que debía abrirme un espacio o ganar puntos para “estar en el mapa”. Nunca pertenecí a algún grupo artístico, tenía muy pocos amigos y políticamente quedé muy desprestigiado por haberme salido del PC a finales de 1969, justo antes de las elecciones presidenciales. Igual voté, por propia conciencia y preferencia, por Allende, y a pesar de que siempre he tenido una marcada opción por las posiciones críticas de izquierda, en esa época era más bien mirista antisistémico, que comunista institucional. Nada de eso era contradictorio para mí, con mis intereses intelectuales y culturales que se volcaban preferentemente por la música y literatura clásicas, aunque al mismo tiempo tocaba guitarra y cantaba zambas, tango, fandangos y cuecas bravas.

Estuve años metido en un proyecto pictórico imposible y me demoré más años aún en declinar hacia un trabajo artístico en el que pudiera aunar, en la materialidad de las obras, los asuntos temáticos con los procedimientos y operaciones artísticas. En esos años de conmoción y calma estudié filosofía y llenaba cuadernos escribiendo asuntos acuciantes con varias lapiceras cargadas con tinta de diversos colores. Era, creo, un joven interesante con eso que se llama “intensa vida interior”, pero totalmente irresponsable y con aversión a “sentar cabeza”.

Ya en esa época, hace más de 40 años, hacía clases de pintura como ayudante de Adolfo Couve -para ganarme la vida, en el doble sentido del término- y los estudiantes eran apenas tres o cuatro años menores que yo. Esas clases en la Escuela de Bellas Artes eran todo mi principio de realidad. Todo lo demás, pura utopía, revolución, ingravidez, angustias metafísicas, liberación de la herencia, pretensión y pasiones de amor. Mi frase favorita la saqué de una película de esa época en que Peter O’Toole haciendo de Enrique II de Inglaterra le dice a Katharine Hepburn, que hacía de Leonor de Aquitania: “pude conquistar Europa, pero tuve mujeres en mi vida”.

¿Usó algún método o estrategia especial para poder posicionarse en el medio nacional, primero, e internacional, después?

Siempre he odiado eso que hoy se llama neoliberalismo, que en esa época estaba recién naciendo, ideología a la que pertenecen esas nociones de estrategia, posicionamiento, dossiers, currículum, etc. Lo único que había era la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, con el MAC en la Quinta Normal. Pasión de obra era lo único que tenía, además de juventud, belleza y una enorme biblioteca y discoteca muy bien organizada y clasificada y algunos muy pocos amigos con los que creía compartir un destino promisorio.

 

II. Sobre la gestión cultural aplicada al campo artístico

¿Qué opinión tiene usted de la gestión cultural aplicada al campo artístico?

Tengo mala opinión de eso que se llama “gestión cultural”, término o muy ambigüo o de muchos significados diferentes. Por lo general, para los artistas es lo mismo producir su propia obra que producir las condiciones de su propia producción  –financiamiento, instancias de exhibición, publicaciones, etc.–  o de mostración, o instancias culturales
–eventos, espacios, exposiciones, publicaciones, reuniones de discusión, etc.–  y es común que esa actividad hacia adentro y hacia afuera sea hecha por los artistas con igual pasión, obsesión, rigor formal y cuidado con que hacemos nuestra propia obra.

¿Qué es un gestor cultural? un curador, un lobista, un historiador del arte, un galerista, un crítico, un relacionador público, un financista, un coleccionista, una persona que sabe a ciencia cierta hacer los trámites de exportación temporal de las obras con despachador de aduana que van a una bienal, un organizador, una persona que sabe embalar obras materialmente complejas, de acuerdo a normas internacionales o ¿es alguien que debe tener todas esas capacidades juntas?

Sin embargo, creo que debieran existir profesionales de ese tipo que permitan a los artistas dedicar menos horas a la administración (Leonardo tenía más libretas de cuentas que de dibujos) y más a la producción y al ocio, es decir, a leer, a escribir, a ir al cine o a copetiar con los amigos en el bar de la esquina, que por lo demás, es a menudo el lugar donde se inventan y planifican los mejores eventos artísticos, políticos y culturales.

Es fundamental que los directores de museo sepan algo de ese oficio y profesión, que los galeristas deseen hacerse millonarios vendiendo las obras de los artistas que seleccionan, que los curadores conozcan los circuitos y sean reconocidos como tales por sus pares en el extranjero y deseen hacerse famosos con las obras de los artistas que elijen, que los archiveros sepan el oficio del archivo, que los fotógrafos sepan registrar técnicamente las obras, que los editores sepan editar publicaciones y los diseñadores sepan usar la Adobe Suite y los sistemas de imprenta, que los montajistas sepan atornillar un cuadro a nivel sin manchar el muro, que los iluminadores sepan iluminar un espacio, etc., etc., etc.

¿Qué artistas considera que saben hacer una buena gestión de su obra? ¿Existen algunos casos que pudiera destacar?

De lo que normalmente se entiende por gestión, por supuesto que es Alfredo Jaar; el artista que más eficiencia ha tenido en gestionar su obra y lo ha hecho con un éxito impresionante a nivel mundial y también, a nivel nacional.

 

III. En el contexto de las políticas públicas y culturales

¿Cuál es su opinión respecto a las políticas públicas y culturales que tiene nuestro país para abordar el quehacer y vida cultural chilena en general?

Mala opinión, pésima. No hay políticas públicas al respecto. Hoy menos que nunca. Es destacable eso sí, el momento del Fondart. Fue una institución que tuvo la energía de corregir periódicamente sus propias contradicciones y asumir los efectos –positivos y negativos– de su puesta en práctica.

¿Qué políticas culturales echa de menos a nivel general y, a nivel específico, en el campo de las artes?

Gerardo Mosquera ha dicho, refiriéndose a la escena chilena de arte contemporáneo, que nunca había conocido una provincia artística más sofisticada y al mismo tiempo más aislada de los circuitos internacionales. Propuse hace años un programa de al menos 10 años que contemplara 3 o 4 becas anuales al extranjero para formar curadores. Al cabo de 10 años, y habiendo financiado de manera apropiada la formación, en las 3 o 4 escuelas de curatoría que existen en el mundo, a unas 30 o 40 personas jóvenes, tendríamos al menos unos 10 o 15 curadores formados con experiencia internacional y con verdaderos contactos. Desde el punto de vista del Estado, eso sería un “negocio redondo”. Pero para eso hay que tener un ministro que tenga imaginación y deseo de profundizar el espacio público.

¿Qué grado de apoyo estatal ha tenido usted en el desarrollo de su trayectoria como artista?

He recibido mucho apoyo del Estado: soy, como académico de la Universidad de Chile, funcionario público y parte de mi jornada contratada la dedico y la debo dedicar a lo que en la universidad se llama “creación artística”, es decir, el Estado me paga (bastante mal, aunque debo reconocer que formo parte de la elite de los buenos sueldos en Chile) por ser artista; además, he ganado varios proyectos Fondart; el Ministerio de Relaciones Exteriores financió (aunque también de manera muy inadecuada) mi participación frustrada en una de las bienales de Venecia y ha financiado otros envíos al extranjero, todo hecho sin ayuda de ningún gestor cultural, que hubiera sido, para todos estos trámites mal diseñados, muy bienvenido.

¿Qué opina del trabajo artístico –su gestión– en alianza con la empresa privada?

Tengo la más mala de las opiniones sobre esta alianza. Los empresarios chilenos, además de mezquinos son infinitamente ignorantes, o por lo mismo es que son mezquinos; son además, infinitamente conservadores y faltos de imaginación. Pero lo peor es que son veleidosos y no se puede confiar en ellos para hacer ningún programa cultural de largo aliento. No es nada de raro viendo cómo piensan sobre la educación pública y la cultura. La derecha, que en Chile es lo mismo que el empresariado, ha odiado siempre el arte contemporáneo, salvo algunas excepciones muy excepcionales, pues le tienen terror pánico a toda estructura crítica. A cambio, aman la ópera en el Teatro Municipal (construido, financiado y mantenido por el Estado) y el patrimonio, siempre que eso signifique restaurar iglesias o pintura religiosa colonial. Creen que apoyar la cultura es desviar cuatro chauchas de las enormes ganancias que logran para financiar el coctel de una inauguración y siempre que pongan sus logos y propaganda por todos lados.

 

IV. En el contexto de la formación artística

¿Qué grado de importancia le otorga a la gestión cultural en la formación de un artista emergente?

Un buen artista será, por lo general, un buen gestor (cada vez que me encuentro con esa palabra me imagino que significa una persona que pone caras, como payaso). Si un “artista emergente” (los artistas son siempre emergentes: ese nombre también es divertido, es como “socialista renovado”) está bien formado en cuestiones de arte, sabrá de sobra caminar por el mundo. Un artista, como cualquier persona, debe lidiar con el arriendo, con las cuentas de luz, agua y electricidad, con la novia, con los amigos y no por eso la formación artística debe contemplar asignaturas en esas “materias”.

¿Cree que la gestión cultural puede ser decisiva para el futuro de los artistas?

La gestión cultural debiera existir como una dimensión natural del sistema general de cultura de un país. Y me parece muy bien que se empiece a formar gente que tenga solvencia profesional  –sea lo que sea que eso signifique–  en esta área.

¿Considera que la existencia de un Magíster en Gestión Cultural en la Facultad de Artes de la U. de Chile, puede contribuir al mejor desarrollo y proyección pública de la actividad artística, dentro y fuera del país?

No conozco “la malla” (otra metáfora textil divertida) de este programa. Me surgen eso sí varias preguntas problemáticas: ¿Es un programa profesionalizante? Como todo programa de magíster, requerirá de una tesis para la graduación; ¿se puede hacer propiamente una “tesis” sobre gestión cultural?; los estudiantes que se gradúan, ¿tienen por eso solvencia profesional en estas materias? que, como dije antes, no sé mucho en qué consisten.

Entrevista: Carla Cari.

Texto: Allyson Gamonal, Denisse Ortiz.

Fotografía: Diego Bernales. Revista Caras