Claudio Vergara | 4 octubre 2017

El patrimonio de la artista cuenta más de 60 años entre negociaciones y disputas. Su clan ha vetado nuevas versiones y entregó un listado de las composiciones que autorizan a revivir.

Esta historia tiene una fecha de inicio: la mañana del martes 5 de enero de 1955. Pero aún no tiene una fecha de término. Ese día, Violeta Parra llegó hasta los estudio del sello EMI-Odeón, en la calle San Antonio, para firmar el primer contrato discográfico de su vida y, sin saberlo, inaugurar una de las tramas más singulares y enrevesadas relativas a derechos de autor en la cultura popular chilena.

La misma que ya suma más de 60 años y que ha dado pie a episodios insólitos, como aquel que muestra a un anónimo ingeniero de sonido que jamás comulgó con la cantautora, pero que hoy es propietario de su disco mayor. O ese otro capítulo donde la fundación que administra el patrimonio de la artista, encabezada por su hija Isabel, se ve obligada a vender una versión paralela y no oficial de precisamente Las últimas composiciones (1966), el testimonio mayúsculo del clan, el que guarda piezas como Volver a los 17 y Gracias a la vida.

En todo caso, el desorden en que por décadas ha naufragado su catálogo es reflejo de ese primer acuerdo, cuando aceptó derechos autorales de apenas un 1,5 por ciento de las ventas. Aunque por esos días era un monto habitual, y sus títulos posteriores jamás alcanzaron un estrellato multiventas, el sello nunca le aumentó las regalías en los 60.

De hecho, los ingresos por el ítem autoral sólo subieron a un 8% recién en los primeros años de este siglo, cuando otros ejecutivos de EMI, la firma donde registró casi la totalidad de su discografía, acordaron con los herederos una mejora de los términos establecidos. Tulio Bagnara, gerente en los 2000 del hoy desaparecido sello EMI, agrega: “La familia empezó a pedir más injerencia en todo el material de Violeta, lo que de a poco se fue otorgando”. Los Parra comenzaron a tener un control mucho mayor sobre la herencia de su madre superiora, lo que permitió una serie de reediciones que revelaron nuevas fases de su brillo creativo.

Pero faltaba la joya más anhelada. Las últimas composiciones fue el único disco que la cantante no grabó para EMI, sino que para RCA Víctor, por lo que sus aspectos contractuales operaron distinto.

El ingeniero eléctrico Pedro Valdebenito se inició en 1964 como diseñador de televisores de la RCA, empresa que bajo el gobierno de Salvador Allende pasó a llamarse IRT. En 1988 compró la planta de duplicación de casetes de la disquera y en 1991 los dueños le licenciaron parte de su catálogo, el que repartió en multinacionales como BMG y EMI. Pero cuatro años después vino su golpe maestro: por la suma de $ 345.106 millones adquirió todo el repertorio de la antigua RCA, un auténtico tesoro integrado por tres mil master que cubren desde 1933 hasta 1980, y que contienen casi toda la diversidad de música chilena concebida en el siglo XX. ¿Ejemplos? Diecisiete fonogramas de Tito Fernández, casi una decena de Margot Loyola, un par de Los Jaivas, otros de Los Vidrios Quebrados.

“Soy prácticamente el dueño de lo mejor que se ha hecho en música en este país”, dice Valdebenito sin disimular su orgullo. Eso sí, ninguno de los títulos es más relevante que el canto final de Violeta Parra.

Con ese negocio sellado en los 90, el profesional se apropió de todos los derechos de explotación y comercialización del álbum, dejando a los hijos de la folclorista sólo recibiendo el pago de montos autorales. Hoy, cualquier autorización para reeditar el trabajo debe contar con el permiso de Valdebenito. Ante ello, Isabel Parra decidió en 2006 demandarlo en el Segundo Juzgado Civil de San Miguel por el concepto de apropiación de obra, litigio que culminó siete años después y que obligó al funcionario a pagarle a la intérprete $ 4 millones por derechos artísticos y $ 14 millones por derechos morales.

Sin embargo, Valdebenito aún no cancela el segundo monto y a principios de año le propuso a la cantante la explotación compartida del fonograma. Es decir, llegar a un trato en que ambos se repartieran los ingresos. “Pero lo que me ofrecía ella eran condiciones absurdas. Era como repartirse el mundo y que yo me quedara con Rusia y Checoslovaquia, y ellos con el resto. No les acepté. También quieren que yo les done el master y no lo voy a hacer: por el contrato con la RCA Víctor, tengo prohibición de cederlo”.

La Fundación Violeta Parra determinó entonces fabricar su propia versión de Las últimas…, con una carátula distinta a la original y que se vende a $ 15.000 en el museo de la autora. O sea, la propia familia de Violeta debió arreglárselas para editar casi en las sombras la creación fundamental del linaje.

Para muchos, tales experiencias han forjado el carácter duro, celoso y desconfiado de Isabel Parra, la fama de una guardiana férrea que no permite miradas ajenas en el universo de su madre. La última discrepancia vino por parte de Nano Stern, quien en las páginas de este diario apuntó: “Quienes tienen a su cargo velar por el legado de la artista, no autorizan la publicación de versiones que cambien o alteren el contenido de sus obras”.

No es primera vez que algunos artistas deben convivir con tal fricción. En 2010, Isabel Parra reclamó a la SCD por la versión de “Gracias a la vida” impulsada por estrellas como Beto Cuevas, Laura Pausini, Miguel Bosé y Alejandro Sanz. Sólo la autorizó cuando le contaron que era para ir en ayuda de las víctimas del terremoto de ese año. En 2016 reclamó contra el documental Volver a los 21, de Mauricio Redolés, por la similitud con “Volver a los 17” y porque el músico cantaba “Qué pena siente el alma”, secuencia que debió borrarse. El mismo 2016, para las líneas especiales consagradas al centenario de Violeta que incluyó el Fondart, se repartió a los postulantes un listado con las canciones que la entidad aprobaba para incluir en los proyectos, descartando las más célebres. La idea era estimular la inventiva de las versiones y no el mero afán comercial de refaccionar, por ejemplo, Gracias a la vida.

Pascuala Ilabaca, que el 11 de este mes presentará su homenaje a la festejada en el Nescafé de las Artes, bajo lecturas muy distintas a los tracks originales, concuerda: “Hay un facilismo súper arraigado en Chile y que siempre apunta a las mismas canciones. Yo trato de reinterpretar temas que nadie pesca mucho y que tampoco tienen esas restricciones”. Para otros, los Parra simplemente ejercen su derecho a decidir sobre lo que les pertenece, amparados en la ley de propiedad intelectual. Además, agregan que las ganancias por ese catálogo nunca han sido millonarias. Como ejemplo, en el listado de las 100 canciones más rotadas en radios en 2016, sólo aparece una de la artista (Gracias a la vida) y en el puesto 92. En lo que va de 2017 no sale ninguna. En el extranjero, donde las creaciones de Parra gozan de buena rotación, los derechos los maneja la Sociedad de Autores de Francia.

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