En el trabajo que desarrollamos en el Observatorio de Políticas Culturales (OPC) nos ha tocado varias veces investigar las industrias creativas, lo que siempre supone reflexionar sobre este concepto y establecer sus límites. El desafío que enfrentamos hoy en día como investigadores, pero también como agentes culturales, es asignarle un espacio concreto y delimitado a la industria cultural o creativa dentro del ecosistema cultural, para que aquella no se transforme en un sinónimo de este.

Cuando hablamos de industrias creativas, estamos identificando a un agente específico del campo de la cultura, con características y necesidades propias, que no siempre aplican al ecosistema cultural en su conjunto, aunque forman parte de él. En este sentido, al momento de estudiar una industria creativa en particular, como la de la música, estamos poniendo el foco en un aspecto de esa área o disciplina específica, sin fijarnos necesariamente en cuestiones ligadas, por ejemplo, al patrimonio musical, a iniciativas comunitarias, a la educación escolar o a los mismos procesos creativos. Dentro del sector artístico existe todo un mundo de actividades, bienes y servicios que no tienen una finalidad económico-productiva, por lo que es fundamental no generalizar el concepto de industria y aplicarlo a todo este campo. Aunque los esfuerzos de delimitación siempre son imprecisos, ya que la realidad no se rige por marcos conceptuales.

Siga leyendo el artículo de: Julieta Brodsky Antropóloga social y cultural, Coordinadora de Investigación del Observatorio de Políticas Culturales (OPC) y socia de la Corporación Tramados. Fue responsable de las actividades del OPC dentro del Proyecto Trama, Red de Trabajadores de la Cultura (2014-2017) y coautora de estudios publicados como “El Escenario del Trabajador Cultural en Chile” en la página 26 de nuestra Revista de Gestión Cultural MGC.  Seguir leyendo