GESTIÓN DE CULTURAS LOCALES:

DEMOCRATIZACIÓN, DIVERSIDAD Y RIQUEZAS CULTURALES.

Trabajar por las culturas locales es, en gran medida, el mayor desafío de la gestión cultural.Ello, porque exige una visión y compromiso amplio e integral sobre lo que significa la vida y desarrollo de las sociedades locales o comunidades, dentro de un determinado territorio geográfico y humano, sin olvidar el contexto geopolítico.

En efecto, la gestión de culturas locales se sustenta en bases antropológicas y sociológicas, incluyendo el trabajo de campo y diversos aspectos técnicos, tales como cuestiones legales, políticas culturales, administración de espacios públicos, planificación, diseño, evaluación y monitoreo de proyectos, además del financiamiento, generación de redes, comunicación, promoción y fomento de la participación ciudadana y/o rural, siempre al servicio de una construcción social que interprete, respete e identifique a los habitantes involucrados.

Con mayor razón en la actualidad, toda vez que el fenómeno de la globalización es una constante amenaza de uniformación, que pone en jaque la originalidad y creatividad de las expresiones locales. Hoy existe una suerte de “cultura global” cuyo momentum tiene una enorme fuerza de penetración e influencia, que sólo se puede contrarrestar a través de un trabajo sistemático y consciente por el desarrollo de las sociedades y culturas locales. Existe una dialéctica continua entre lo global y lo local, la “glocalización” (Roland Robertson, 1995)1, dinámica bidimensional ya habitual en la vida contemporánea, que finalmente se traduce en una interacción permanente entre la realidad presencial y la realidad virtual.

“Hay que pensar global y actuar local” dicen los ambientalistas, mientras en la gestión cultural más corresponde «pensar y actuar glocalmente». Hoy, producto de la tecnología y los medios de comunicación, ambas dimensiones coexisten, donde la escala global –planetaria–, se encuentra cotidianamente con la escala local –humana–, aquella asociada a nuestro cuerpo y capacidades sensoriales. Este contrapunto cultural, sin duda, es una de las principales características del siglo XXI.

En Chile coexisten 346 comunas, lo cual habla de al menos “346 culturas locales”, con algunas características comunes y otras originales de cada lugar, que son las encargadas de imprimir el sello e identidad propia. Sin embargo, ello depende de la escala que se considere, pues en las ciudades también existen culturas barriales y, en general, tanto en el ámbito urbano como rural existen las culturas comunitarias –más focalizadas–, aquellas que se generan a partir de territorios particulares o proyectos de vida comunes. Así se hace democracia; así se respeta la diversidad y se potencia la riqueza humana. Así también se estimula la creatividad, «el poder ser» de las personas, comunidades y pueblos.

En desmedro de lo anterior, sin embargo, el centralismo de Santiago resulta ser una suerte de “dictadura geopolítica”, subdesarrollo físico y mental que responde a un orden colonial totalmente anacrónico a lo que significa vivir en pleno siglo XXI. Por ello, la descentralización del país es una de las principales políticas públicas y culturales aún pendientes en Chile, en pro de un nuevo orden post-colonial. En este sentido, una gestión pertinente de las culturas locales puede significar un gran aporte, trascendente. No obstante, Santiago ya no lo logró: la descentralización es tarea del país en su conjunto, desde el propio empuje y proactividad que cada una de las culturas locales tenga.

León Tolstoi decía “escribe sobre tu aldea y serás universal”; parafraseándolo a él, bien se puede decir «vive tu aldea y serás universal». He allí el gran desafío de la gestión de culturas locales: ayudar a ser uno/a mismo/a –a nivel individual y colectivo–; ayudar a ejercer la democracia y la libertad; a buscar los caminos para un desarrollo más pleno y feliz, marcado por la autenticidad de los pueblos: por la diversidad y riqueza humana que todo ello conlleva.

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